LA PESTE de Albert Camus

Queridos lectores,

Para cambiar un poco el formato, esta vez se trata de un resumen del libro:

Esta obra, considerada un clásico de la literatura contemporánea y una de las novelas más importantes escritas en Francia tras la segunda guerra mundial, plasma a la perfección los sentimientos más arraigados en el ser humano aún más visibles en medio de una catástrofe, la pandemia de la peste.

En este escenario desolador, el amor, la ayuda al prójimo, la necesidad de comunicación con los demás, de ilusionarse y soñar son más necesarios que nunca. Es ahí donde la mayoría de las personas, incluso las más aparentemente frías, racionales o calculadoras dejan ver sus emociones más íntimas. La pluma de nuestro autor, Nobel de Literatura en 1957, cargada de descripciones muy realistas capaces de transportar al lector a un tiempo convulso y contagiarlo de valor para encarar las situaciones más complejas hacen el resto para que, a pesar del título, La Peste, desde mi punto de vista, se trate de un canto a la esperanza y la ilusión, cuya pérdida puede llegar a ser tan letal como la peste.

La narración se inicia en Orán en torno a 1940 cuando comienzan a aparecer ratas muertas. Esto en un principio no deja de ser un hecho anecdótico, más adelante vemos que se trataba del primer indicio de lo que les esperaba, la peste.

El narrador de nuestra crónica nos cuenta, desde dentro, cómo era la vida cotidiana en la ciudad de Orán y nos traza un boceto de los personajes principales cuando todo cimiento de estabilidad sobre el que pudiera reposar sus vidas empieza a resquebrajarse.

Así nos encontramos con Rieux, un médico de origen humilde, muy respetado, volcado siempre en ayudar a los demás hasta el punto de enviar a su esposa enferma fuera de la ciudad para que se recupere y alejarse de ella sin saber que esa lejanía se convertiría en forzosa cuando la peste brote, sea reconocida y se empiece con el protocolo a seguir que incluye el aislamiento de la ciudad. Es claro ejemplo de generosidad y altruismo, sospecha que su esposa ha empeorado e incluso muerto, tal y como le confirman al final del libro.

En lugar de curar como cualquier médico desea, se ve obligado a diagnosticar pacientes con una enfermedad mortal y cuidarlos hasta que mueran. Dentro del cansancio de trabajar a destajo sin apenas dormir, cuando el virus muta y se hace todavía más mortífero y cruel, se cuestiona si se ha vuelto insensible y le afecta menos ver tanto sufrimiento al llevar tiempo recibiéndolo en tan grandes dosis. Entabla amistad con su compañero de fatigas, Tarrou, esa amistad, como deciden llamar ambos a su relación hasta entonces de compañeros, sirve a los dos de bálsamo ante lo que tienen que enfrentarse a diario. El cronista, Tarrou, junto a Rieux, se encuentra en el eje de la historia. Ambos se juegan la vida, el médico asistiendo a tantos afectados de peste y el cronista, un hombre que cree en la bondad de las personas, fomentando la solidaridad para que todos ayuden como él mismo hace sin tregua.

Cuando la enfermedad se instala en Orán, un periodista, Rambert, queda atrapado. No le interesa narrar lo que allí está viviendo, él solo quiere volver con su amada, que todavía es joven y disfrutar. Después de muchos intentos fallidos por salir de allí y de que más de uno se aprovechara de su desesperación por cruzar la frontera, entre ellos Cottard, su actitud cambia por completo. Comienza a trabajar como voluntario solo hasta que “haya encontrado el medio de irme”, le pidió a Rieux, que aceptando le dio las gracias. Este personaje, como muchos otros, se transforma con la peste, al vivirla de cerca. Todo el mundo cambia, pero siguiendo el hilo conductor de los personajes principales, podemos analizar mejor cómo les afecta. El joven y aparentemente inmaduro periodista llega un momento en que decide libremente quedarse a seguir ayudando. Les confiesa a Rieux y a Tarrou que siempre se sintió un extraño en esa ciudad pero que después de lo que ha visto entiende que el asunto (la peste) les toca a todos.

Cuando la peste acaba y la ciudad se abre, él se reencuentra felizmente con su mujer.

No corrió tanta suerte el jesuita Padre Paneloux. Al principio de la plaga sus sermones hablaban de culpa, de la peste como un castigo merecido, con tono acusador y muchos aspavientos repetía lo mismo ante uno fieles resignados, lánguidos, ya acostumbrándose al sufrimiento de escuchar agonizar y ver morir a la mayoría alrededor. Los que quedaban vivían aislados, incomunicados sin atreverse a pensar en un mañana o reunirse con los seres amados fuera de la ciudad esperando con ansiedad que llegara la noche porque “el gran deseo de un corazón inquieto es poner interminablemente al ser que ama o hundir a este ser, cuando llega el momento de la ausencia, en un sueño sin orillas que sólo puede terminar el día del encuentro”. Cuando el hijo del juez Othon, un hombre de conducta muy recta, siempre de acuerdo con los sermones del Padre, casado, con dos hijos, una familia descrita casi como robótica, contrae la peste, Paneloux cambia. El hijo del juez es acogido por su corta edad y por conocer Rieux, Tarrou y los demás a su padre con especial sensibilidad. Desgraciadamente el pequeño tiene los síntomas muy avanzados y la única esperanza es probar con él un suero que intentan perfeccionar hasta que funcione. No es el caso. Lejos de salvarlo, el niño que en un principio aguanta más tiempo que el resto solo pudo sufrir una interminablemente agonía que provoca en el Padre una crisis de fe, que Tarrou no fuera capaz ni de mirar y que Rieux dijera que se iba de allí, que no podía soportarlo más. A raíz de tan cruda escena los sermones del Padre Paneloux cambian, ya no se refiere a la enfermedad como un castigo merecido. Más comprensivo, se refiere a la peste como algo a lo que no hay que buscarle explicación, habla, ya no diciendo “vosotros” sino “nosotros”, de que es incomprensible el sufrimiento de un niño. Un tiempo después comienza a sentirse mal y fallece. Durante su padecimiento se niega a que lo vea un doctor. Una vez muerto lo reconocen y no queda claro que su muerte haya sido causada por la peste.

El juez, al igual que su mujer e hija, es puesto en cuarentena. Cuando esta termina Othon quiere salir cuanto antes. Un fallo administrativo hace que lo quieran retener más tiempo del debido así que se pone en contacto con Rieux y este le ayuda a salir al momento. Al enterarse de la muerte de su hijo preguntó si había sufrido a lo que le respondieron humanamente con un rotundo no. Estaba desconocido, pide volver al lugar del que acababa de salir tras la cuarentena para ayudar y así lo hace. Justo cuando la pandemia parece hacerse débil, los sueros comienzan a funcionar y las personas se empiezan a curar, el juez Othon muere. Se teme también por la vida de Grand, un personaje de los más entrañables. Muy dispuesto y trabajador es un ejemplo de fidelidad, idealismo y honradez. Es muy humilde, de salud en principio débil y durante toda la novela reescribe la primera frase, de lo que será su futuro libro, inspirada en la que fue su mujer. Contra todo pronóstico él es el primer paciente de peste que se cura ante la alegría de todos. Le van siguiendo tímidamente otros enfermos hasta que las cifras se muestran con orgullo en los periódicos.

Curiosamente el símbolo de que la vida vuelve y la peste comienza a irse es la aparición de ratas vivas. Este hecho, el ver a las ratas en movimiento, llena a todos de alegría.

Comienzan a atreverse a tener ilusiones, a planear un mañana, a recordar a quienes les esperan tras la muralla de encierro y aislamiento forzado por la maldita peste que se ha llevado a tantos de los suyos. En este punto de felicidad tan merecida donde Rieux y Tarrou están exhaustos pero ya pueden ir viendo resultados a su lucha, este último cae enfermo.

Toda Orán celebra la vuelta a la normalidad mientras en casa de Rieux, él y su madre, empeñada en quedarse también, cuidan a Tarrou. Lo velan y él entre fiebre y dolor siempre mira muy agradecido con una sonrisa en los labios a la madre de su amigo y a este, que habiendo compartido tantas veces esa situación le habla claro en todo momento. Tarrou fallece en brazos de Rieux. Espera que su amigo haya encontrado la paz que buscaba y sentencia que para él nunca habrá paz posible. Poco después recibe la noticia del fallecimiento de su esposa. Lo siguiente es la apertura de la ciudad. Ahora lo que se escucha es música, campanas sonando, escenas como la de Rambert y su esposa abrazados llorando, toda la ciudad se echa a la calle a celebrarlo.

Rieux reflexiona que a partir de que las puertas de la ciudad fuesen cerradas no solo habían vivido en la separación sino que habían sido amputados de ese calor humano que hace olvidarlo todo.

Se refiere también a la ternura humana como algo que siempre se desea y se obtiene a veces. Reflexiona que “un mundo sin amor es un mundo muerto, al final llega un momento en que se cansa uno de la prisión, del trabajo y del valor, y no exige más que el rostro de un ser y el hechizo de la ternura en el corazón”.

La crónica termina descubriéndonos quién es el cronista: el propio Rieux. Se confiesa como autor y quiere señalar que lo ha hecho para intentar dar un tono objetivo aunque fuera narrado desde dentro. Enfatiza su empeño en ser objetivo y contar lo que veía. En un mundo en que el dolor es tan frecuentemente solitario afirma que tenía que hablar por todos. Narrar los hechos. Entre tanto y acompañado por Grand, se encuentra con un tiroteo, se trata de Cottard, quien a comienzos del libro intenta suicidarse, después es el único que se alegra de que haya peste porque siendo un criminal se siente a salvo, hace el agosto durante la epidemia timando a todo

el que puede y también es el único que no se alegra cuando los demás sanan porque eso significa que la policía irá a buscarlo. Así sucede, él se atrinchera y acaba muerto.

Rieux, por último, expresa que ha hecho esta narración “para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir algo que se aprende en las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio” y que decidió redactarla porque no es de los que se callan. Nos avisa de que es consciente de que no es una victoria definitiva, está en continua amenaza ya que “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, puede permanecer dormido durante decenios hasta que para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Espero que os haya gustado.

Nos leemos,

Lola Rivera

2 comentarios sobre “LA PESTE de Albert Camus

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